Me gustaría reflexionar sobre la tragedia que estos días es
noticia: el accidente de aviación de Germanwings. De cómo resulta inexplicable
que un chico joven, bien preparado para su trabajo, de repente tome la decisión
de estrellar un aparato con 150 personas a bordo.
Tristemente y a pesar de la falta de sentido de ello, este
tipo de cosas ya no nos sorprenden cuando se realizan bajo el fanatismo
religioso o de cualquier otro tipo. Ya nos hemos “acostumbrado” a que
determinadas personas en aras de unas creencias tomen decisiones tan terribles.
Pero, al parecer y siempre desde la información facilitada
por las autoridades, no era el caso. El copiloto del avión siniestrado era un
hombre joven, preparado, con muchas horas de vuelo ya y, al menos en lo que se
conocía, sin fanatismos ni “cosas raras”.
Sin embargo, hay veces en las que las personas se hallan
deprimidas o angustiadas y debido al ritmo de vida que llevamos, a lo que
nuestro medio nos demanda continuamente en las sociedades industrializadas, no
comparten esas emociones y tratan de lidiar con ellas en solitario, con
resultados catastróficos.
Nunca sabremos qué pasaba por su cabeza en esos momentos,
pero de lo que sí estoy segura es de que debemos ser conscientes de nuestras
emociones, aprender a diferenciarlas, a manejarlas y expresarlas. Comunicar a
nuestros allegados cómo nos sentimos y si es preciso, consultar con
profesionales de la salud mental cuando esas emociones nos generen mucho
malestar.
Desde un enfoque más positivo, es importante escuchar a
nuestros amigos, compañeros, familia, pareja…, hacerles saber que les apoyamos,
que cuentan con nosotros, que no están solos y con toda seguridad, habrá mucha
menos gente desgraciada llegando a comportamientos extremos y muchas más personas felices.